Domingo 31 de Julio de 2011

La Herencia Misionera

"Que los jesuitas hicieron felices a los indios, es cierto. Lo que sé es que yo mismo, en aquellas misiones desiertas, veinticinco años hace, oí muchas veces a ancianos que hablaban con sentimiento de los tiempos de los jesuitas, y recordaban con amor todas las costumbres que perdieron al perder la Compañía; conservaban la ilusión de que las Misiones, en tiempo de los jesuitas, habían sido un paraíso.”

R.B. Cunninghame
Graham, A Vanished Arcadia.

Glosario

Crecimiento vegetativo: se produce un crecimiento vegetativo de la población cuando el número de nacimientos supera al de las defunciones en un tiempo determinado.

Tratado de Permuta: firmado entre España y Portugal en el año 1750. Por el mismo se establecían nuevos límites entre los dominios hispánicos y portugueses en América del Sur. En uno de sus puntos se establecía que los portugueses debían entregar la Colonia del Sacramento a los españoles y éstos debían entregar a aquellos los siete pueblos de las misiones orientales. (Ver fascículo nº11).

Tipoy: vocablo de origen guaraní que hace referencia a la indumentaria clásica de la mujer en las reducciones. Se trataba de una larga camisa sin mangas que llegaba más abajo de las rodillas.

Cripta: subterráneo existente generalmente debajo del altar del templo que cumplía la función de tumba para los sacerdotes. No toda las iglesias de las reducciones poseían cripta.

Hermano Coadjutor: miembro de la Compañía de Jesús que no ha completado la totalidad de los votos sacerdotales.


"En lugar de asador, alza dos maderos, en cada uno coloca un cuarto, deja calentarse un tanto de un lado sobre la llama, gira luego el asado. Mientras un lado de la carne cuelga sobre el fuego, el indio voraz ya comienza a cortar del otro, a comer y a deglutir, de modo que la sangre y la grasa le manan por todos lados del hocico. Es el manjar más exquisito, el mejor bocado y el trozo más jugoso para él, si la carne huele a humo de esta manera, y la sangre gotea por doquier. Entre tanto la india hambrienta no descuida nada, sino que sigue el ejemplo de su marido, toma el otro cuarto, lo ensarta en el asador de madera, lo gira tres veces sobre el fuego y ya lo lleva a la boca, para que no se vaya a enfriar.”

P. Antonio Sepp (1691-1733), Relación de viaje a las misiones jesuíticas.

Trozo de una lápida correspondiente al siglo XVIII, hallada en el cementerio de las ruinas de la reducción de San José. Puede apreciarse la inscripción con los datos del difunto en idioma guaraní.

Tinta de Yerba

“... puesta a fermentar en agua la Hierba; o para acelerar la operación dándola cocimiento, y exprimiéndola bien después, se logro buena Tinta negra para escribir. Para esto no se hace más que, a la infusión o decocción, limpia ya de la brozna inútil de la Hierba, hacerla hervir hasta que tome consistencia, y punto espeso, quedando como una masa. Esta se coge, se parte en pedazos a gusto, se hacen secar, y queda la Tinta hecha.”

P. José Sánchez Labrador, Yerba Mate, 1774

Plano de las piletas jesuíticas de la reducción de Apóstoles, trazado por Leopoldo Lugones a principios del siglo XX.

"Tampoco nos falta la caza. Hay ciervos, jabalíes, venados, corzos, gamuzas en cantidad innumerable. No son apreciados por los indios y sólo son utilizadas las pieles. Tampoco faltan a menudo algunas aves que puedan cazarse. Los campos están llenos de perdices, que no necesitas pólvora y plomo, sino que puedes matar a los animales con el primer bastón que venga o con una vara. Al principio, esto también me pareció increíble, pero ahora no lo dudo más, pues mis chiquillos indígenas a menudo me han traído a la cocina perdices por docenas.”

P. Antonio Sepp
(1691-1733),
Relación de viaje
a las misiones jesuíticas

La Leña

Era el combustible imprescindible para la vida en las reducciones. El fuego del hogar, los hornos de cerámica, el barbacuá para la yerba, los hornos de los fundidores y herreros, necesitaban diariamente de centenares de metros cúbicos de leña. Para los pueblos septentrionales, lindantes con la selva, no existían problemas de abastecimiento. Si en cambio las dificultades se presentaban en los pueblos meridionales, donde luego de decenios de explotación intensiva de los montes cercanos a las reducciones, la falta de suficiente leña generó trastornos luego de la primer mitad del siglo XVIII. Este fenómeno se presentó por ejemplo en San Carlos, Santo Tomé, Apóstoles.

Vivir en una reducción

¿Cómo era la vida cotidiana en una reducción?
Los detractores de las reducciones jesuíticas hablaban de un régimen de sometimiento terrible aplicado sobre el indígena, en donde éste quedaba aniquilado como individuo. Un lugar en dónde, según lo relata en su Memoria el Teniente de Gobernador del Departamento de Concepción, Don Gonzalo de Doblas, hasta las relaciones maritales estaban reguladas por un toque de las cajas a una hora determinada de la noche. Una sociedad minuciosamente regulada, donde no existía la más mínima posibilidad para un acto de iniciativa individual. La comunidad absorbía y devoraba toda la realidad ¿Habrá sido de ese modo en verdad?
Ningún hecho demuestra que los guaraníes hayan vivido en una situación de infelicidad. Amaban a sus reducciones y se sentían orgullosos de ellas. Puede resultar demasiado simplista, pero la preocupación constante de los curas de las reducciones era que los guaraníes vivieran en felicidad y en paz. Una felicidad y una paz no teórica ni producto de la especulación intelectual, sino muy terrenal y concreta, y por ello quizás muy celestial al mismo tiempo, muy dadivosa en Paz. Que no falte el alimento, que no falte el techo, que el fruto del trabajo sea visible, que no falte el bienestar, que el espíritu sea reconfortado en la fe cotidiana ¿No estaban acaso concretados en las reducciones derechos por los que gran parte de la humanidad aún hoy lucha?

La población en las reducciones
Hasta la década de 1650 el número de habitantes de las reducciones fue muy inestable. Varios fueron los factores que perturbaron un normal crecimiento poblacional. Las invasiones bandeirantes fue sin duda el factor que más negativamente influyó. No solo por el gran número de indios cautivados en los pueblos del Guayrá, del Itatín y del Tape, sino también por las deserciones de los pueblos que se generaban ante el pánico de caer en manos de los bandeirantes. Los éxodos emprendidos por los guaraníes cobraban gran número de vidas. Tan sólo en el éxodo del Guayrá habían muerto en el trayecto unos 8.000 indígenas, víctimas del hambre y la agreste geografía. Las consecuencias negativas para el crecimiento poblacional continuaron luego, con los asentamientos transitorios, donde faltó el necesario alimento y las pestes asolaron a los pobladores.
Recién con la desaparición del azote bandeirante, luego de la victoria de Mbororé, cuando los pueblos hallan seguridad y estabilidad, comenzó un crecimiento sostenido de la población que fue incrementándose en una forma realmente asombrosa. Este crecimiento fue interrumpido durante el siglo XVII únicamente en cuatro oportunidades. La primera durante el período 1641-1643, la segunda entre los años 1653 y 1654, la tercera en el año 1661, y la cuarta en el año 1695. Las causas fueron las epidemias, principalmente la de sarampión, afección que para los guaraníes era mortal. En Santo Tomé, por ejemplo, luego de la epidemia del año 166l de 4.000 habitantes habían quedado únicamente 93l. En el año 1695 la epidemia de sarampión se complicó con casos de disentería, muriendo, por ejemplo, en Candelaria 600 indios, en San Carlos 2.000, mientras que Loreto perdía más de un tercio de su población.
Los 28.7l4 habitantes que tenían los pueblos en el año 1647, se elevaron en el año 1700 a la cantidad de 86.173 pobladores. Se trató de un crecimiento vegetativo de la propia población de las reducciones, ya que las incorporaciones de nuevos grupos indígenas a la vida reduccional habían sido ínfimas y excepcionales hasta finalizar el siglo XVII.
El siglo XVIII comenzó con un crecimiento demográfico sostenido, interrumpido en el año 1718 por una nueva epidemia. Luego la población continuó aumentando, hasta que en el año 1732 llegó a la cifra de 141.182 habitantes. Un pico de población que nunca más se alcanzaría. Luego del año 1732 comenzó un descenso de la población que continuó hasta el año 1740, momento en que se redujo a 73.910 habitantes. En esta oportunidad a una epidemia desatada en el año 1733, que produjo la muerte de 18.770 personas en los pueblos, se sumó el bajo nivel de productividad. En 1732 un total de 6.000 indígenas fueron reclutados como soldados, ante el movimiento de los Comuneros del Paraguay. Los mismos luego fueron a auxiliar al Gobernador de Buenos Aires en la lucha contra los portugueses. La movilización de dicha tropa, quitó a los pueblos misioneros su mejor fuerza de trabajo productivo, lo que produjo un desastre en las actividades agropecuarias. Pero prontamente comienza la recuperación y en el año 1755 la población ascendió a los 104.483 habitantes. Sin embargo un nuevo hecho vino a repercutir negativamente en el crecimiento poblacional. En el año 1750 se firmó el Tratado de Permuta, el cual obligaba a los misioneros a abandonar los siete pueblos orientales del Uruguay. La inestabilidad, la guerra, el traslado de la población y la crisis productiva generada, hicieron que en el año 1765 la población descendiera a 85.266 habitantes. La recuperación no se hizo esperar y en 1767 la población volvió a crecer, llegando a los 88.796 pobladores al momento de producirse la expulsión de los jesuitas.

La vida familiar
La incorporación del guaraní a un régimen de familia monogámica, definida por la vivienda unifamiliar, constituyó uno de los cambios más profundos operados en las reducciones.
La formación de la familia se producía a una edad muy temprana. Generalmente cuando la mujer contaba con 14 años y el varón con 15 o 16, emprendían el camino del matrimonio y la vida familiar. Era costumbre que la mujer eligiera al varón, e hiciera conocer el deseo no al pretendido, sino a sus padres o al Cura. Éstos comunicaban la noticia al muchacho, el cual habitualmente aceptaba. En una ceremonia religiosa pública celebrada en un determinado tiempo, contraían matrimonio todas las parejas que se habían formado en el pueblo. Luego de casados, el matrimonio iba a la vivienda que la comunidad le entregaba y la ceremonia se completaba cuando la esposa traía agua al hogar en un cántaro y el marido la leña para el fogón.
Los hijos, que raramente superaban los dos por matrimonio, desde la edad de 4 o 5 años pasaban a depender en su educación de la comunidad. Separados en grupos por sexo, vigilados y dirigidos por alcaldes, recibían la instrucción religiosa, aprendían a leer y escribir y trabajaban en tareas acordes a su edad, teniendo además un tiempo para el esparcimiento. De ese modo pasaban el día, para volver por la noche con sus padres.

Una indumentaria adaptada al clima
Una de las características de la vestimenta en las reducciones era la uniformidad. Todos vestían igual, la misma ropa de la misma tela. En su vida cotidiana las mujeres usaban la prenda llamada tipoy, un largo camisón enterizo sin mangas que llegaba más abajo de las rodillas, de hilo de algodón en verano y de hilo de lana de oveja en invierno, teñido de colores a gusto de la usuaria. El hombre usaba comunmente pantalones, camisa y sombrero. El P. Cardiel en su Carta Relación dice: “Usan camisa, calzoncillos de lienzo de algodón, jubón de lana, montera o sombrero, o birrete o gorro, polainas y en lugar de capa camiseta que los españoles, que también los más la usan, llaman poncho, y es de algodón o de lana de varios colores; y es a manera de una casulla sacerdotal que fuese tan ancha por los hombros como por las faldas. Las mujeres llevan una camisa desde el cuello hasta cerca de los pies, y un ropón algo más largo, de algodón o lana, que llaman tipoy, al modo que pintan a la Virgen de Loreto.”
El calzado prácticamente no existía en las reducciones. Aunque los jesuitas intentaron imponer el uso de zapatos, los indios se resistían a usarlos, prefiriendo andar descalzos, aun cuando realizaban los trabajos en el campo. Unicamente los usaban en situaciones excepcionales, como algún acto público o desfile festivo.
La vestimenta del Padre jesuita en cambio era muy particular, dice el P. Antonio Sepp al respecto: “Nuestro atuendo es como sigue: los zapatos son de cuero, pero no se atan con correas o hebillas, sino con un botón de cuero, tampoco tienen tacos o cintas, sino sólo una suela lisa y ningún adorno. Las medias no son de fustán o lienzo, tampoco son tejidas, sino sólo de cuero negro de oveja, como los zapatos. El levitón o hábito religioso es negro y casi como el que solemos usar en Alemania, pero se sierra delante, de modo que no es cruzado, sino que tiene una costura hasta el suelo, tal cual se cree devotamente que Cristo Nuestro Señor ha usado su hábito. Además nuestro hábito no tiene forro ni tampoco bolsillos adelante, ni abajo en el ruedo hilvanado para dobladillar. Y a menudo no es de lana cardada, sino sólo de lienzo negro. El gabán, que llamamos bata, no es negro, sino marrón como madera lustrada, tiene mangas largas, que cuelgan hasta el suelo. Éste no lo usamos a caballo, sino solamente en casa y en la iglesia, como en Alemania. Los novicios no están vestidos de negro, sino totalmente de castaño, como Cristo Nuestro Señor; tienen un cinturón o cingulum de cuero. No usamos el rosario en el cinturón, sino siempre pendiendo del cuello,... La camisa es igual a nuestras camisas alemanas, solo que muchos padres no la usan de lienzo, sino de algodón, pero bien terminado. Sobre la cabeza no tenemos un solideo, como en mi provincia, sino birretes, que son bien altos y bien puntiagudos, semejantes a los que usan los sumos sacerdotes japoneses en las comedias. No usamos el cabello largo, sino la cabeza afeitada al ras, no nos dejamos crecer la barba, por lo cual el barbero desempeña sus funciones cada ocho días. (...) Nuestra corona sacerdotal es un poco más grande. Ésta me la hace, porque yo no puedo ayudarle, un niñito indio a quién le he cortado la forma de papel en círculo, pues de otro modo me colocaría una corona triangular o aun cuadrada.”

La alimentación de los pobladores
Los productos alimenticios vegetales eran obtenidos por el indígena de su lote agrícola del abambaé y si por alguna razón lo que había producido no satisfacía la demanda alimenticia del grupo familiar, los productos les eran suministrados por la comunidad. Los principales productos vegetales consumidos eran la mandioca, que era procesada de diversas formas, el maíz, una gran variedad de porotos, la batata, zapallos, y frutos silvestres del monte.
La carne vacuna, un componente apetecido en la dieta de los guaraníes, era distribuida comunitariamente bajo racionamiento a cada familia en forma diaria. Para ello se traía de las estancias el ganado necesario, el cual era encerrado en corrales en la cercanía del pueblo.
En los pueblos también se criaban para el consumo cerdos, gallinas y cabras, aunque no eran muy gustados por los indios en su alimentación, sí en cambio por los Padres jesuitas.
Las casas indígenas no poseían cocinas, los alimentos eran cocidos en fogones que eran encendidos en el interior o en las galerías de las viviendas. El humo y el hollín provocado cumplían una importante función higiénica, al impedir la proliferación de insectos dañinos en las grietas de las paredes y en la techumbre.
Los Padres poseían un gusto más refinado en su dieta. En la residencia funcionaba una cocina y un salón comedor. Una huerta, muy bien cuidada, abastecía a los Padres de deliciosas frutas y verduras, como la lechuga, zanahorias, rabanitos, perejil, orégano.
No faltaba la provisión de azúcar obtenida de la caña o de la miel de abeja. Tampoco la sal, aunque los guaraníes no la apreciaban en su dieta.

El esparcimiento de los indígenas
¿Existían algún momento que no estuviera regulado o planificado en las reducciones? Evidentemente sí, esos momentos estaban en los días domingos y los demás festivos. Luego de asistir a la obligatoria misa y al rezo del Santo Rosario, los indígenas podían disponer de algún tiempo para su esparcimiento. Hacían malabares con sus caballos en la plaza, otros salían al campo a cazar, se realizaban campeonatos de destreza en el tiro con el arco y las flechas. No faltaban el mate compartido, la música, el canto y la danza, especialmente entre los niños y jóvenes.

La oración cotidiana
La oración estaba presente en todos los momentos de la vida reduccional. La misa, al comenzar el día, antes de empezar el trabajo, era de asistencia obligatoria para todos, quedando exceptuados únicamente aquellos que estuvieran seriamente impedidos de trasladarse al templo. El Santo Rosario era la oración por excelencia en las reducciones. Era rezado cotidianamente en forma comunitaria al amanecer y al atardecer. Cada poblador de la reducción llevaba pendiente del cuello un rosario, el cual era símbolo distintivo de ser cristiano; no llevarlo era equipararse a un infiel o pagano.
Hacia las afueras del pueblo, a la vera de los caminos que salían de la reducción, se hallaban erigidas capillas. Allí el viajero se detenía para orar al partir, pidiendo amparo y protección para el viaje, y cuando arribaba a la reducción también se detenía a orar en señal de agradecimiento por el buen viaje realizado.
En los campos, en los lotes del abambaé y del tupambaé, se erigían cruces y en algunos casos bellas capillitas, invitando a la oración y al recogimiento espiritual de los que trabajaban o cruzaban por aquellos sitios.

La muerte en las reducciones
La cristianización de los guaraníes en las reducciones significó la elaboración de un nuevo ritual fúnebre. El antiguo ritual prehispánico en donde el yapepó y su ajuar funerario constituían los rasgos sobresalientes y más significativos, es reemplazado por uno acorde con la concepción cristiana de la muerte que se impartía.
El cementerio, adyacente al templo, era dividido en cuatro partes, una correspondiente a los hombres, otra a las mujeres, otra a los niños y la última a las niñas. Además del cementerio que se ubicaba en la planta urbana, existían otros en el campo lejos del pueblo, utilizados para enterrar a los difuntos en tiempos de pestes.
Cuando fallecía un indígena, su cuerpo desnudo era amortajado con un lienzo de algodón blanco de 12 metros de largo, de modo que ninguna parte de su cuerpo quedaba visible. Luego era colocado en un féretro de uso comunitario que normalmente se depositaba en la iglesia y servía únicamente para el ritual fúnebre. Por la mañana, al terminar la misa, o por la tarde, antes o después del rosario, el difunto en su ataúd, cubierto con un paño negro, era conducido desde su casa por sus parientes y amigos hasta el frente del pórtico principal del templo, donde los músicos esperaban el cortejo. Allí salía el Cura, con capa negra y la cruz alta en la mano, seguido de los niños monaguillos. Mientras los músicos ejecutaban con sus instrumentos los responsos y los llantos y lamentos se hacían sentir, el cortejo entraba al templo siguiendo al Padre, para desde allí ingresar por una de las puertas laterales al cementerio luego de dos o tres paradas para las oraciones. El cadáver amortajado era sacado del ataúd y puesto en una fosa. Mientras era cubierto con tierra se cantaban los oficios de sepultura, al tiempo que algunas indias traían cántaros con agua y rociaban la tierra que se arrojaba sobre el difunto, hasta formar un espeso barro. Una cruz y una pequeña lápida eran colocadas luego en el lugar, recordando el día, mes, año y nombre del difunto.
Si el que fallecía era un jesuita, el cuerpo no era sepultado en el cementerio, junto a los indios. Como era costumbre en la época los religiosos eran inhumados en el interior de las iglesias, en fosas acondicionadas frente al altar, o en criptas cuando las tenían los templos.

Medicina natural Guaraní
La medicina en las reducciones se cimentaba básicamente en la herboristería proveniente de la tradición cultural de los guaraníes. El payé o curandero se mantuvo con plena vigencia en las reducciones y sus conocimientos en hierbas medicinales eran aprovechados no sólo por los indígenas, sino también por los propios padres jesuitas.
Los testimonios de la época coinciden en que los indígenas no padecían muchas enfermedades y que en general eran de una contextura saludable. Las enfermedades mortales que podían padecer provenían de los españoles, tal el caso del sarampión y de la viruela. Contra ellas la medicina natural muy poco podía, de manera que cuando las epidemias se desataban en los pueblos provocaban verdaderos estragos.
Los padres jesuitas se preocuparon de conseguir Hermanos Coadjutores que fueran cirujanos y médicos para que atendiesen a la población. En los comienzos del siglo XVIII existían dos en las misiones guaraníes. Éstos se encargaron de instruir y capacitar en cada pueblo a grupos de indios para que cumplieran la función de enfermeros.
Después de las dramáticas experiencias vividas con las epidemias en el siglo XVII, los pueblos comenzaron a organizar un servicio hospitalario como medio de prevención y de tratamiento de los afectados.

El hombre primitivo misionero
Los Avá y su modo de vida
América en la visión de los europeos
La ocupación de la región misionera
Hacia las fronteras
Mbororé, gloria de los misioneros y escarmiento de los bandeirantes
Sociedad, producción y consumo en las reducciones
El amabmaé y el tupambaé, dos modos de trabajar y producir
Gobierno y administración de los pueblos jesuíticos
Vivir en una reducción
La Guerra guaranítica
La rebelión guaraní
La expresión de la cultura en las reducciones
El urbanismo jesuítico-guaraní
La edificación de una reducción
Los caminos recorridos por el guaraní
El fin de la obra misional: la expulsión
La decadencia de los pueblos guaraníes posjesuíticos
El Yapeyú de Don Juan de San Martín
De los pueblos misioneros a centros productivos
Se quiebra la unidad
La revolución en las misiones
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La revolución se internacionaliza –El avance e luso-brasileño sobre las misiones occidenales-
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Andrés Artigas, Comandante General de Misiones
Andrés Guaucurí, Artigas, y el intento de recuperación de los siete pueblos
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Los sucesores de Andresito en Misiones
Misiones bajo el dominio paraguayo
Misiones, la ruta comercial del Paraguay
La dispersión final
Corrientes ocupa los territorios de las misiones meridionales
Los guaraníes misioneros, un destino de integración social
La herencia secular
Bibliografía
Fuentes documentales

Los Autores
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