El tanguero de la Máscara de Hierro

Viernes 13 de julio de 2018
A muchos les costará creerlo: existió hace tiempo un submundo de bohemios incorregibles, raza irrepetible, como si los genes supiesen leer los cambios de este mundo. Resulta ser perla del anecdotario escuchar en un cafetín las andanzas de algún testigo octogenario de aquellas noches, sobre todo las del mundillo del tango.
Con Cacho Balcarce hablábamos de gurises que se pasaban horas sin culpa mirando a sus ídolos tirando la seguidilla de suave carambolas a tres bandas, o la silenciosa partida de ajedrez, o la bulliciosa de tute cabrero, o la mixta, del dominó.
“En los 50 y 60 (después menguaron) era casi un mandato, dice Cacho, que un muchacho porteño aprendiese a jugar al billar, a bailar una milonga, fomentase la ‘tertulia hípica’ y después el futbol dominguero. En ese orden”.
Recordó: “En Callao 11, a metros de Rivadavia, en Buenos Aires, había un bar con sótano. Allí ensayaba la orquesta de Gobbi. La integré a los 16 como acordeonista y recuerdo también que allí venían músicos ignotos, oscuros, ojerosos, pero con el don de la pluma inspirada, que por unas chirolas (a veces menos que eso) te escribían de un tirón la partitura tanguera. Gente sin bretes ni horarios, más bien noctámbulos indomables, sin modales ni otras formalidades higiénicas. En Sarmiento y Montevideo, casualmente en otro bar con sótano, se reunían poetas, legión esotérica, que con la misma modalidad del trueque o la limosna escribían la letra del tema que le pidieran y de ellos se sirvieron, lo creas o no, grandes autores que después en la niebla de la fama mentirosa cobraban sus derechos de autor y ocultaban el secreto del tanguero de la Máscara de Hierro. En toda ciudad existen capas de la realidad y no todo cuanto vea y escuche  el mundo es obra de quien toca o canta. Y ni te cuento de los judíos en las orquestas, más bohemios que los porteños, casi todos violinistas. Esa es otra historia, cierra Cacho, y promete: pagá el café y mañana te la cuento”. 

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